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Libre mercado, libre publicidad

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imvomitinitHoy he ido a la ciudad después de varias semanas. Nada más bajarme del autobus he visto un cartel publicitario de unos 4 metros de alto de McDonald. Utilizaría nombres ofensivos para referirme a dicha franquicia, como McPollas, McMierda, I’m vomiting it, etc., pero eso no serviría de nada. La gente usa esas expresiones y después va allí igualmente sin dar trascendencia a lo que recuerdan esas palabras. Pues el cartel en cuestión, no me pidáis que os diga exactamente lo que ponía, porque sinceramente, me ha conmocionado tanto que ni lo recuerdo, empezaba diciendo algo así como:

Ofrecemos un menú variado por muy poco dinero.

Ya había visto más publicidad de McDonald en la que se hacía ilusión a la variedad, hacer hincapié en eso debe ser importante para ellos. Además, no se puede decir que sea falso, ya que tener variedad de productos no implica, por ejemplo, que sea nutricionalmente variado, aunque a tu cabeza llegue esa idea. Pero lo que no podía esperarme era la segunda parte:

Ir a comer a McDonald es de sentido común.

En aquel momento se removieron todas mis entrañas. De sentido común. De sentido común. ¡De sentido común! ¿Cómo se puede decir algo así? Aunque no tuvieras completamente ninguna duda de algo y quisieras ayudar a alguien, no puedes decir algo así. Si realmente es de sentido común la persona debería reconocerlo por ella misma, ¿cómo tienes la desfachatez de adjudicar a tu criterio el sentido común? Eres humano. ¿Cómo tienes la poca vergüenza de crear una argumentación nemotécnica en un cartel de cuatro metros cuadrados para que todas las personas que pasen retengan la idea de lo que es de sentido común? Se ha pagado esa publicidad para introducirse en los esquemas mentales de innumerables personas. Pero en este caso, los que han diseñado el cartel no creen que eso sea de sentido común. No. McDonald lo único que pretende es que vayas allí a comer tu 40% de carne de vacuno para el que ha sido necesario abusar del vacuno, del agua, de la soja, de los bosques, de los trabajadores, de los espacios… y que te comas también el 60% restante de mierda, para cuya elaboración al menos no ha sido necesario abusar más que de ti y de los puestos de trabajo creados para que diseñarla, producirla, y llevarla hasta tu plato. Perdón, cajita de cartón.

De sentido común. ¿No había alguien que regulaba la publicidad para que fuera leal, justa y no sé qué más? ¡Ah! no, espera, esos eran los de la tele, que hicieron un anuncio publicitario super ambiguo en el que no sabías si realmente se habían atrevido a usar el sarcasmo para una cosa tan seria o realmente afirmaban que como la publicidad no le importa a nadie ellos no tienen por qué hacer nada. ¡Ah!, no, tampoco, esos seguramente en la cartelería de Granada ni pinchan ni cortan. Aquí seguro que es gente muy responsable la que vigila el contenido de la cartelería.

Probablemente es el primer texto que publico con aire enfadado. No me gusta dicha práctica por varios motivos, pero hoy me siento así y no voy a esconderlo. Pues así me encontraba de dolido esta mañana. Abrí la mochila, buscando cualquier cosa que pudiera servirme para boicotear aquella publicidad, pero no llevaba fiso ni papeles. Por un momento me entraron ganas de coger algo pesado y comenzar a aporrear aquel mostrador. O pinturrejearlo. O lo que sea. Pero solo fue por un momento. Si tuviera algo grande como un folio pondría alguna crítica, aunque sería difícil argumentar buenas razones que cruzaran varios campos de razón además de ser escuetas. Pensé entonces que igual era mucho más efectivo escribir “NO ME TOQUES LOS COJONES” con una flecha apuntando a lo de Sentido Común. Recordé que habían puesto una cámara de media esfera unos metros más adelante. En efecto, miré y allí estaba. ¿Te imaginas que por ayudar al pensamiento crítico reciba una “sanción”? Se me ocurre la crítica rápida que puede hacer un defensor de la neutralidad publicitaria para sancionarme:

No tienes derecho a impedir que la gente diga lo que quiera, si no te gusta pues no le hagas caso. Pero no te metas en la vida de los demás, ellos no son imbéciles.

Eso no es aplicable, desde luego, ya que una cosa es la opinión y otra modificar intencionada y agresivamente el campo visual de las multitudes para introducirles ideas con una eficiencia x. Pero es que aunque ese argumento fuera cierto, ellos no lo respetan. El día que abrieron ese McDonald decidí emplear mi tiempo en ir a manifestarme delante suya, comiendo comida vegana y repartiendo información sobre dicha empresa. ¿Y a ellos les pareció bien? A los camareros les hizo mucha gracia, pero el jefe llamó a la policía nacional y vinieron a identificarnos y a preguntarnos cuánto rato íbamos a estar allí. Eso prueba que los que han pagado por esos carteles (que probablemente permanecerán en su vitrina de alta tecnología un rato más del que yo estuve en la puerta) no creen en la libre difusión de ideas. Lo que quieren es, por los medios que sean, conseguir que vayas a gastar tu dinero allí, aunque solo te comas el 60% de mierda y apartes el maravilloso vacuno, si acaso pudieras separarlos.

Pues esta mañana usé métodos todavía más avasalladores. En el billete del autobús, de unos dos centímetros cuadrados, escribí “Sentido Común es NO ir a McDonald”, y lo encajé por la rajilla del marco de la vitrina (un sitio a menudo útil para dejar notas si no tienes fijador). No siento ninguna necesidad de justificar la utilidad que eso pueda tener, pero los medios de comunicación sí que se han encargado de generarnos una idea en la cabeza, aunque después la sometamos a juicio:

Yo soy un terrorista antisistema que debe ser corregido mientras McDonald contribuye al PIB empleando métodos legales que están a la orden del día, como el neuromarketing.

Lo dejaría aquí, pero es que después ocurrió algo que tuvo gracia.

Iba caminando por la calle, tan afectado, que pensaba que a la más mínima oportunidad le contaría mis sentimientos a alguien. Y fíjate por donde, me topé con dos de Intermón Oxfam en mi acera. Y uno me paró.

El chico formuló algo casi literario, con un aire joven. Algo así como que si iba a emplear unos minutos allí con él. Pero yo no estaba agudísimo, y con una cara muy fea y negando con la cabeza le dije «¿Qué? ¿Qué me estás diciendo?». Intentó reformular aquellas palabras de manera más estándar, pero realmente se encontraba sin saber muy bien cómo tratarme. Entonces empecé a hablarle yo:

─ Mira, vengo arrabiado. Cuando me he bajado del autobus he visto publicidad de McDonald diciendo que ir a McDonald es de sentido común. ¿Cómo pueden decir algo así? Estaba allí sin saber qué hacer, y no tenía ni papel, ni fiso ni nada para poder pintar algo encima.

Él entonces me señaló su chaleco reflectante donde estaba escrito “Intermon Oxfam”, diciendo algo sarcástico con relación a que él mismo estaba haciendo publicidad. Pensé que se sentía atacado, pero a continuación añadió:

─ Aunque no tengas papel lo que siempre puedes hacer es coger algo que haya por ahí cerca y reventarlo contra la marquesina. Por la noche o cuando sea.

Entonces yo, que no quería hacerle creer que me quejo por todo indiscriminadamente, le expliqué que no era tanto el hecho de que hubiera publicidad en si, sino que permitieran que se pudiera poner en ella lo que les diera la gana. Entonces el chico me dijo:

─ ¿Y mañana qué empresa va a poner la publicidad? ¿Burger King? ¿Tú crees que la publicidad que va a poner Burger King va a ser mejor? ¿Mercadona? Tú revienta la marquesina y ya así no puede poner la publicidad ni McDonald ni nadie.

Yo desde luego me encontraba sorprendido, ya que había entrado acomplejado de vándalo por alterar los flujos de información y él me estaba proponiendo inutilizar los canales de publicidad. Me planteba si me lo decía por exagerar o realmente pensaba que era la solución, teniendo voluntad de hacerlo él mismo. Dado la forma en que se le había iluminado la cara y cómo se recreaba, me pareció lo segundo.

─ Pues sí, en cierto modo sí. Bueno, me voy, pásalo bien.

Y el tío, con una cara muy feliz, me dio un puñetazo amable en el hombro y me dejó marchar. Yo estaba un poco extrañado. Por unos segundos concebía que todavía quisiera contarme el rollo (que no es tal) de Intermon Oxfam y tuviera que darle largas, pero por supuesto no lo hizo. Seguramente sería lo más divertido que le pasaría en toda la mañana.

Pero el chico este tenía mucha razón. Acepto que hay publicidad y ¡¡PUBISCIDAD!!, pero hoy no puedo permanecer neutral con respecto a la libertad legal de que dispone y que la protege. No soy una persona violenta y no me siento cómodo creando brotes de entropía, pero estoy harto de que no pueda poner de ningún lado la caja de cereales que hay sobre la mesa para poder escapar de su rango de acción. Harto de no poder esquivar modelos de realidad que personas interesadas quieren que estén en mi cabeza mientras yo no. Y de que lo hagan con el resto de individuos de mi especie, por supuesto que también.

El día de mi cumpleaños

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Hoy ha sido el día de mi cumpleaños, y ha sido un gran día. He hecho un poco de todas las cosas que me gustan y de las que está bien que haga.

Aunque me acosté tarde, allá sobre las 4:00, me he levantado a las 10:00, con sueño, sí, pero me he levantado. El desayuno me ha dejado muy satisfecho, aunque ha sido poco más que unos brotes de alfalfa y lentejas y un té de romero. Aún no terminaba de salir el sol en el jardín, pero al fondo del todo aparecían los primeros rayos, que apenas calentaban. Pero estos últimos días han sido espléndidos, y el aire fresco solo me ha dado estímulos positivos.

Fui a mi cuarto dispuesto a estudiar, aun siendo tan temprano para estar en fiestas. Tenía unos apuntes sobre la mesa que había empezado a transcribir para forzarme a pensar en ellos. He continuado, con buena letra y sin agobiarme. He recordado algunas cosas importantes y en mi cabeza han germinado las semillas necesarias para pensar en términos de medios dieléctricos equivalentes. Ahora ya tengo algo útil más ahí dentro que podré seguir cociéndo para entender la teoría cada vez mejor.

Una compañera me llamó por teléfono y estuve hablando largo tiempo con ella. No suelo escucharla por teléfono nunca y cuando lo hago le descubro una voz muy dulce que me hace sentir muy bien. Hablamos despacio, de cosas diversas, unas trascendentes y otras no tanto, pero siempre sin tener que sacar un tema porque hubiera silencio. Su voz me transmitió ese sentimiento en los primeros minutos y he disfrutado de ello el resto de la conversación. Gatos, familia, planes, pero todo con buen humor y sin forcejeos. Al final me dijo que había intentado hablar conmigo por jabber estos días atrás pero que aparecía como no conectado. Corté el teléfono e intenté ver lo que pasaba.

Aparentemente era un problema de jabberes.org, que conectaba bien con otros bajo el mismo dominio pero no con jabber.org. Recordé que lavabit también tenía una servicio a través de XMPP, así que miré la configuración en su web y en un plis plas todo funcionaba sobre ruedas.

También me entretuve con un programa en fortran que escribo para una asignatura. Problablemente implementé el cambio de diseño más sensato que ha recibido hasta ahora. Me deshice de todas las directivas del preprocesador que estaban ahí por razones de optimización pero que, además de fastidiarme la preciosa indentación de mi código, me obligaba a compilar el programa siempre que quería cambiar una variable de interés como el tamaño de mi sistema. Ahora en los 10^8 bucles que haga tendrá que comprobar muchas condiciones ya conocidas nada más ejecutar el programa, pero se lee muchísimo mejor y está preparado para cualquier estandarización más que le quiera hacer, como aceptar el ajuste de parámetros por línea de comandos.

Más tarde herví agua y puse unas patatas. Corté puerro, tomate y calabacín e hice una ensalada. Después de comer fui a sacar de paseo a un amigo perro, que aunque me tiraba mucho de la correa lo hacía con mucha menos fuerza que las primeras veces. No podía evitar enfadarme un poco con él por hacerlo y alterar mi paseo, pero una vez que le paré para decirle a la cara que ya estaba bien aquello concluí que obviamente no era nada personal contra mí y que tampoco tenía sentido que lo tomara como tal.

En casa seguí estudiando un rato más, y más adelante encontraría un texto que había olvidado completamente pero que cuando releí recordé lo emotivo que era para mí. Le corregí algunas faltas de ortografía y añadí algunas sentencias que bien consideraba que no le hacían injusticia. Sin embargo era demasiado largo, y tuve que dejarlo porque ya iba a llegar mi familia a casa de mis padres y no quería llegar tarde.

Ya había llegado mucha gente, casi toda bastante mayor. La chimenea estaba encendida, y todos reposaban sobre sofás alrededor de una mesa que estaba justo en frente del fuego. Tras las palabras y contactos de rigor me dejé sumergir en un trozo de sofá yo también. Alguno decía ocasionalmente algo, y algun otro respondía de manera vaga. En ocasiones sentía que debía decir algo por las palabras y tonos recién creados, pero otras voces que surgían desde atrás cambiaban continuamente el statu quo de la situación, lo cual siempre me permitía no tener por qué decir nada, tan solo seguir allí, sumergido entre el sofá y aquellas voces. Voces, emitidas por la televisión.

Dado que era mi cumpleaños y me encontraba con mucha autoestima pregunté si podía apagar la televisión. La primera respuesta fue afirmativa, así que simplemente la apagué. Sin embargo, en tanto que pulsé el botón y volví al sofá nadie dijo una palabra, y la habitación se llenó de un silencio desconocido. Como es natural, todos estábamos alterados por aquel silencio. Uno dijo: “Así lo que parece es que estamos solos“. Mi madre, que lo último que quiere es causar molestia alguna a los invitados, hacía presión para que volviera encender la tele. Mi padre sugería un término medio proponiendo una cadena de música. Aquello a mí no me convencía, ya que no podía esperar buenas vibraciones de la música que tiene el control de los medios y a la que la gente está acostumbrada. Por otro lado, música clásica o algo así hubiera sido demasiado inusual y blanco de todo tipo de comentarios. Sin embargo, empezó un poco de conversación a raíz de si teníamos canales de música o no, lo cual aproveché para crear conversación, lo más cotidiana posible, y desviar así la atención del silencio.

Comencé hablando sobre una pasada reforma de la chimenea y poco más, pero ya fue suficiente para que todos empezaran a seguir creando conversación con mucha más habilidad que yo. Hablamos de historias pasadas, de la vida de algunas personas del pueblo cuando eran más jóvenes. Se hicieron bromas sanas sobre ellas a partir de cosas que supuestamente dijeron, las cuales dudo que fueran así exactamente tanto en palabras como en modos, o que meramente se hubiera dicho algo parecido. Pero eso por supuesto eso no importa. Todos reían o participaban saludablemente, sin ninguna maldad. En un momento mi abuela llegó a reír muchísimo, más de lo que la he visto reír desde hace mucho. Me preocupaba por su salud, que no está muy bien, y me preguntaba si realmente estaba siguiendo la conversación. Demostró en varias ocasiones que ella tenía algo que decir porque ella misma lo había vivido. Dado el trabajo que le cuesta hablar, en otras ocasiones casi siempre que hablaba no la entendía, ya que aunque los otros callasen, los de la tele ni bajaban la voz ni entraban en consonancia con sus ritmos. En esta ocasión entendí todo perfectamente.

Pensé que, aunque luego llegaran más personas y, cambiando el estado de la situación se encendiera la televisión, habría merecido la pena. Sin embargo, eso nunca ocurrió. Todos los que llegaron con la tele apagada se incorporaron naturalmente. Al menos yo, olvidé completamente que la tele había estado encendida tiempo antes, y que era la encargada de romper el silencio incómodo. Ahora lo hacían entre todos sin que yo no tuviera que animar nada. Hablé entonces con gente de mi familia individualmente. Jugué con mis primas. Me sentí aceptado por muchos. Cuando todos se fueron, ayudé a recoger, hablé con mis padres y volví a casa.

El cielo estaba de un azul marino por razones que desconocía, pero hacía a las estrellas mucho más claras  y agradables de ver que con el cielo negro. La luna estaba llena. Quería decirme que había sido un día redondo.

La prueba final: mi vídeo casero que demuestra los engaños de la industria alimentaria

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SCIENTIA

Dicen que una imagen vale mil palabras. Pues bien, tras mucho tiempo denunciando en el blog los abusos sobre el consumidor que la industria alimentaria realiza anunciando falsas propiedades de sus productos sin fundamento científico, hoy Scientia se pasa al lado oscuro… y se lo voy a demostrar con un vídeo casero realizado en mi laboratorio que no tiene desperdicio.

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“Desafío Crece” de Intermón Oxfam

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Intermon Oxfam es una organización internacional que lucha contra la pobreza humana e injusticias sociales relacionadas. He recibido un email de ellos presentando el “Desafío Crece”:

Tú puedes ayudar a establecer un sistema de alimentación más justo para todos y todas. Y puedes empezar a hacerlo adoptando cinco sencillas acciones a la hora de alimentar a tu familia. Acciones que si fuesen adoptadas por ti y por todas las familias que te rodean, y compartidos por todas las personas que conoces, ayudarían a millones de personas a tener lo suficiente para alimentarse cada día de forma digna.

  1. Reducir el despilfarro de alimentos, para aprovechar al máximo los valiosos recursos que intervienen en la preparación de la comida.
  2. Comprar productos y marcas que garanticen un trato justo para los pequeños agricultores de los países en vías de desarrollo, como los productos de comercio justo.
  3. Cocinar con cabeza para reducir el desperdicio de agua y energía.
  4. Comprar alimentos de temporada para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero.
  5. Consumir menos carne y menos productos lácteos para reducir tanto las emisiones de gases de efecto invernadero, como el uso excesivo de agua.

Es curioso que le llamen “Crece” cuando sus acciones son similares a las del decrecimiento, pero me alegra leer que entre sus ideas, además del consumo responsable o selectivo para mejorar la pobreza y la esclavitud, animan en cierto modo a su reducción y utilizan argumentos de impacto ambiental, aunque no se posicionen explícitamente en ese aspecto y algunas razones, como la del primer punto mostrado aquí, suenen un poco incomprensibles. En la página en inglés he leído que con “Crece” se refieren a un crecimiento de una mejor manera para las sociedades, pero aún no he leído nada acerca de que todos vamos a tener serios problemas si no reducimos el consumo. Pero me parece comprensible que no se quieran mojar en argumentos distantes a la pobreza humana actual si hacen un buen trabajo en su campo (lo desconozco). En cualquier caso, les agradezco mucho la iniciativa y no estoy en contra de ninguna propuesta que haya leído hasta ahora, por lo que animo a cualquiera a participar en ella.

Puedes visitar su página de recursos donde presentan algunas ideas, mucho más amigables que las que a mí se me pasan por la cabeza. Me gustan mucho los colores de su página web y sus imágenes, la hacen muy atractiva de investigar.

También han realizado este largo documento que tiene muchas imágenes, gráficos, encuestas y texto: Receta para cambiar el mundo. Aún no lo he leído, pero si encuentro tiempo para hacerlo probablemente dejaré un comentario por aquí.

Sal, azúcar y pan

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¿Por qué echamos sal y azúcar a las comidas? ¿Por qué si a una cosa no le va la sal hay que echarle azúcar, y si no le va el azúcar hay que echarle sal? Al menos hasta los confines que conozco, nos acostumbran desde pequeños a la sal y el azúcar.

Ambos son muy demandados por aquellos cuerpos acostumbrados. Probablemente es un mecanismo de protección del tipo: Ahora que tienes acceso a un alimento así, come todo lo que puedas vaya que no encuentres otra cosa con esos ingredientes en un futuro. Eso tiene sentido pensando que la sal es difícil de encontrar en los alimentos comúnes que da la naturaleza. El azúcar sí se encuentra a menudo en la fruta, aunque en cantidades razonables.

Prueba a dejar de echar sal y azúcar a las comidas. Por probar.  Probablemente al principio sentirás que eres incapaz de comer pasta o arroz sin sal. Una prueba de lo excesivamente acostumbrado que estás. Quizá mejor reduce la cantidad de sal y azúcar progresivamente, y al cabo de un tiempo la comida te seguirá gustando lo mismo y comerás de forma más relajada.

Sin embargo, si acostumbras a comprar cosas de esas que ocupan el setenta por ciento de los supermercados, que no valen para nada, pero que a tu cuerpo le gustan ya que fueron diseñadas para ello; te harán mucho más notable que las comes con desenfreno, y que ninguna de las comidas que ahora preparas te hacen querer seguir comiendo de dicha manera. Para mí es clara la moraleja: que esos alimentos han sido diseñados con ideas perversas, y probablemente son los culpables de nuestros problemas dentales y de nuestra dificultad para apreciar que los alimentos que encontramos en la naturaleza sin procesar son perfectamente válidos desde cualquier perspectiva.

Recuerdo una de las cosas increíbles que no podía parar de comer. Una especie de barras de “pan”, porque las venden en un sitio que se hace llamar panadería, pero que traen congeladas en un camión y meten en un horno, eso sí, con mucho estilo panadero, y te sacan después calentitas. Se comen dobladas (incluso se puede hacer literalmente ya que son prácticamente goma). El tema era que a uno le cuesta pensar que algo así no tiene derecho a sustituir al pan por muy bueno que esté. “Baguetes” las llamaban. Tú no seas vaguete y prueba alguna de mis propuestas.

  • Ve a comprar el pan a una panadería de verdad, no a una pastelería.
  • Evita las panaderías que venden un montón de comida basura, o que tienen panes muy bonitos en lugar de panes saludables.
  • Busca panes con harina integral pero, ojo, los panes de cereales son un engaño: es la misma harina ultra-refinada que no tiene nada del trigo que fue un día, pero a la que han añadido cereales para hacerte creer que es más buena.
  • Aprende a hacer pan en casa. Compra harina integral y levadura donde quieras. Verás que está buenísimo y no puedes parar de comerlo. Mejor la próxima vez échale menos sal.
  • Haz tu propia harina.

No compres productos refinados. Nos hacen mal a todos, tanto directamente a la salud como al planeta.