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Réquiem por un campesino español

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Me enteré de que una amiga mía proclama que todo español debería leer este libro. De hecho tiene una ventana que da a la calle repletica de ejemplares de la colección destinolibro. Pero hasta hoy yo no había dedicado el esfuerzo de leerlo.

Nada más abrirlo, me sorprendió el enorme tamaño de la letra. Esto lo hace especialmente agradable de leer, contrariamente a los textos científicos, que tienen una letra minúscula. Además, las cómodas letras contienen cortas oraciones muy fáciles de seguir, sin ningún intento de decir nada “de segundas”. Y no se narran cosas de maneras complicadas ni mucho menos (de lo que a menudo yo no consigo escapar). En el libro, un cura recuerda historias sencillas de las gentes de un pueblo, todas girando en torno a Paco el del Molino, de las que te vuelves cómplice desde el primer momento.

Pero en la segunda mitad las cosas cambian de suerte, siendo estas las últimas palabras del libro:

Yo le bauticé, yo le di la unción. Al menos —Dios lo perdone— nació, vivió y murió dentro de los ámbitos de la Santa Madre Iglesia. Creía oír su nombre en los labios del agonizante caído en tierra: «… Mosén Millán». Y pensaba aterrado y enternecido al mismo tiempo: Ahora yo digo en sufragio de su alma esta misa de réquiem, que sus enemigos quieren pagar.

Quizás no son muy ilustradoras, pero os aseguro que en las apenas 100 páginas de libro tan placenteras de leer, hacen entender perfectamente todo lo que el libro pretende transmitir. Hasta un niño lo entendería. Y digo lo de niño porque me planteo qué hubiera pasado si en vez de que hubiéramos leído en clase Platero y yo hubiéramos leído Réquiem por un campesino español. Pues yo que sé. Probablemente muchos nos hubiéramos puesto triestes, como al menos yo me puse triste con la muerte de Platero, aunque ya se me haya olvidado la historia.

Por otro lado, no estamos preparados para valorar los asesinatos. Ayer pensaba en por qué nos excitan (principalmente al género masculino) las escenas de combates entre humanos. De niño he pasado muchas horas con videojuegos de disparos continuos, aunque prefería los tácticos y los de francotiradores. Siempre que he intentando encuadrar filosóficamente esta atracción por la violencia he aludido a la actividad física, la estrategia, y muchas otras cosas que aparecen en juegos tan sencillos como el escondite. Ayer me decía que lo que ocurre es que es un matar personas sin pensar que estás matando personas, es decir, que matar se interpreta como los sentimientos que te hacen sentirte activo, no como tener que aceptar las consecuencias. Supongo que esa característica no humanizada es la que llaman “acción”, dando nómbre al género del cine probablemente más demandado. Soy partidario de que no se use tal eufemismo, sino que se les llame por su nombre, películas de violencia. Hasta donde yo llego, las condiciones para aplicar eufemismos son evitar discriminación hacia un algo perjudicado, no evitar plantearte que está ocurriendo algo malo.

Empecé queriendo escribir de los drones en Pakistan controlados por la CIA, de cómo en el libro incumplen la promesa de no matar a quien se entrega bajo dicha condición y de cómo, debido a que los que salen en la tele nos presentan las cosas muy oficialmente y con trajes muy elegantes, nos cuesta imaginar que pueden estar actuando como verdaderos capullos. Pero las líneas que he escrito están bien, y es mejor leer (y escribir) pocas cosas que muchas. Y estoy cansado. Y triste.

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